Magia, poder y sociedad civil: una lectura liberal de “Harry Potter y la Orden del Fénix”

Miguel Corral Díaz

La Orden del Fénix, quinto volumen de la saga de Harry Potter, suele recordarse por su tono oscuro y por la irrupción de Dolores Umbridge en Hogwarts. Sin embargo, leído con gafas liberales, el libro funciona también como un pequeño tratado sobre poder político, concentración institucional y capacidad de la sociedad civil para organizarse al margen del Estado. Este artículo propone una lectura del mundo mágico como metáfora de los riesgos del monopolio de poder y de la importancia de las redes voluntarias de cooperación.

El Ministerio de Magia: cuando la concentración de poder se vuelve peligrosa

En el universo de J.K. Rowling, el Ministerio de Magia acumula casi todos los resortes del poder: dicta las leyes, controla los juicios y tribunales, gestiona a los dementores y la seguridad, orienta la línea oficial de la prensa mediante su influencia sobre El Profeta, e incluso interviene en Hogwarts, la principal institución educativa del mundo mágico.

Mientras la vida cotidiana discurre con relativa normalidad, esta concentración de poder apenas se cuestiona. El Ministerio aparece como una burocracia algo torpe, pero en general aceptada. La tensión se dispara cuando reaparece Voldemort y la institución percibe esa realidad como una amenaza a su estabilidad política. En La Orden del Fénix, la reacción del Ministerio no consiste en proteger a la población frente al peligro, sino en protegerse a sí mismo frente al coste de reconocer que se ha equivocado. Niega los hechos, desacredita a quien los denuncia y convierte a Harry Potter y a Albus Dumbledore en chivos expiatorios. El problema deja de ser el enemigo real y pasa a ser quien rompe la narrativa oficial.

La lección liberal que puede extraerse es nítida: cuanto más concentrado está el poder, más fácil resulta utilizarlo contra cualquiera que cuestione el relato dominante. No hace falta un tirano explícito; basta con miedo, incentivos políticos mal alineados y una estructura sin contrapesos.

La Orden del Fénix: la sociedad civil como contrapeso informal

Frente a este Ministerio atrincherado resurge la Orden del Fénix. No es un órgano oficial ni una oposición institucional. Se trata de un grupo de personas que decide coordinarse de forma voluntaria porque percibe que las estructuras formales han dejado de cumplir su función esencial: proteger a los ciudadanos y decir la verdad. Vistas desde una óptica liberal, varias características resultan relevantes: la Orden es una organización voluntaria (nadie está obligado a formar parte), nace precisamente cuando el marco oficial deja de ser fiable y su legitimidad no descansa en el respaldo legal, sino en la confianza y la coherencia de sus miembros. En términos contemporáneos, podríamos hablar de una forma de sociedad civil que actúa como contrapeso informal al poder estatal. La Orden no pretende ocupar el Ministerio, sino impedir que el mal avance mientras las instituciones miran hacia otro lado. Esta lógica recuerda a muchas iniciativas ciudadanas que aparecen cuando las administraciones son incapaces o renuentes a afrontar determinados problemas.

El Ejército de Dumbledore: competencia y libertad en el ámbito educativo

Si la Orden del Fénix representa la reacción de la sociedad civil adulta, el Ejército de Dumbledore escenifica algo similar en el terreno educativo. La llegada de Dolores Umbridge a Hogwarts supone, en la práctica, la nacionalización de la asignatura de Defensa contra las Artes Oscuras: se prohíbe la práctica real, se reduce el aprendizaje a teoría inocua y se convierte la materia en un instrumento político. Ante esta situación, un grupo de alumnos decide organizarse al margen del monopolio educativo impuesto por el Ministerio. 

El Ejército de Dumbledore es, en esencia, un “mercado libre de educación” dentro de un entorno formalmente cerrado: la participación es voluntaria, surge porque el proveedor oficial no satisface una necesidad básica (aprender a defenderse) y prescinde de burocracia y certificados, centrándose en la utilidad del conocimiento. Paradójicamente, quienes de verdad aprenden a utilizar la magia defensiva no son los que siguen la asignatura oficial, sino los que acuden a estas sesiones clandestinas organizadas por sus compañeros. 

Es un ejemplo narrativo de cómo aparecen alternativas cuando un monopolio, amparado por la ley, deja de prestar un servicio de forma eficaz. El origen del Ejército de Dumbledore no es una gran revolución ideológica, sino una necesidad muy concreta: “nuestra vida puede depender de esto; no basta con aprobar el examen”. Muchas innovaciones institucionales y de mercado nacen del mismo modo: grupos que, ante un problema urgente, deciden actuar al margen del guion establecido.

El viaje de Harry: de la fe en el sistema a la confianza en las personas

Más allá de la crítica a las instituciones, el quinto libro narra también la evolución personal de Harry Potter respecto al poder. Al comienzo de la saga, su esquema mental es sencillo: si algo es justo, las instituciones responderán de modo adecuado. Hogwarts es un hogar, y el Ministerio una autoridad lejana, pero en principio benevolente. En este libro esa visión se derrumba: el Ministerio le presenta como mentiroso, la prensa refuerza esa imagen mediante campañas de desprestigio, Umbridge convierte la escuela en un espacio de vigilancia y hasta Dumbledore se distancia, intentando protegerle mediante el silencio. Harry descubre así que tener razón no garantiza protección institucional cuando el poder está

comprometido con otra agenda. Su respuesta no es el aislamiento, sino el desplazamiento del foco: deja de confiar en el sistema en abstracto para confiar en redes concretas de personas que han demostrado con hechos estar de su lado. La Orden del Fénix y el Ejército de Dumbledore son, en este sentido, redes de confianza que operan al margen de la estructura formal. La transformación interior del protagonista refleja un movimiento muy reconocible en contextos reales: del respeto casi ingenuo a la institución a la comprensión de que, en última instancia, la calidad moral y el coraje residen en individuos y grupos concretos.

Más allá de Voldemort: el peligro gris del Estado asustado

Si se lee la saga solo en clave de “bien contra mal”, Voldemort concentra toda la atención como villano absoluto. Sin embargo, La Orden del Fénix introduce un matiz incómodo: el peligro no procede únicamente del enemigo declarado, sino también de un Estado que, movido por el miedo y por la necesidad de conservar poder, está dispuesto a manipular la ley, la prensa y la escuela. El Ministerio que persigue a Harry no es un régimen abiertamente totalitario; es una institución que, para evitar reconocer su error, sacrifica la verdad y restringe libertades. La sociedad que lo consiente tampoco es malvada, pero sí pasiva, dispuesta a aceptar el relato oficial por comodidad o temor al conflicto.

La respuesta que plantea la novela no es la abolición de toda estructura institucional. Más bien sugiere que, cuando el poder se cierra sobre sí mismo y deja de servir a las personas, la alternativa surge desde abajo: cooperación libre, redes de confianza y organización voluntaria. Ninguna de estas formas de resistencia es perfecta, pero todas comparten un rasgo central de la tradición liberal: la desconfianza hacia el poder concentrado y la apuesta por la responsabilidad individual y colectiva. Harry Potter y la Orden del Fénix puede leerse como una historia de magia adolescente, pero también como una reflexión sobre la fragilidad de las instituciones y la importancia de los contrapesos informales. 

El Ministerio de Magia muestra los riesgos del monopolio estatal; la Orden del Fénix y el Ejército de Dumbledore representan la capacidad de la sociedad civil para organizarse cuando ese monopolio falla; y el propio Harry encarna el tránsito desde la fe en el sistema a la confianza en personas y comunidades concretas. En un momento histórico en el que la tentación de delegar todo en el Estado convive con una profunda desconfianza hacia las instituciones, quizá no sea mala idea volver a esa sala de juicios del Ministerio donde un adolescente y un anciano desafían, casi en soledad, a todo un aparato burocrático. La pregunta de fondo que deja el libro, y que también interpela a nuestras

democracias, es sencilla, pero nada cómoda: ¿qué hacemos cuando el sistema deja de hacer lo correcto: mirar hacia otro lado u organizarnos con otros para cambiar las cosas?

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