George Orwell: La voz libre frente al poder

Guido Castellanos

George Orwell escribió para incomodar, no buscaba el aplauso ni el consenso. Sus obras nacieron de observar con miedo cómo el poder lo invade todo; el poder político, el ideológico, el que se disfraza de buenas intenciones. Orwell escribió porque no soportaba la mentira organizada,

la manipulación de la verdad, la obediencia ciega. Es por ello quesu literatura es, sin quererlo, una defensa de la libertad individual.

En su novela “George Orwell 1984” la vigilancia no era solo un mecanismo del Estado, era una forma de anular la conciencia; el «Gran Hermano» observa, pero el problema real no está en sus ojos, sino en las mentes que se acostumbran a vivir bajo ellos.

La cultura liberal parte del individuo como centro moral, como persona responsable de su pensamiento y de sus actos. En la novela ese centro se disuelve, Winston Smith intenta conservar una pequeña parcela de libertad, un pensamiento propio, una emoción verdadera. Ese intento ya es un acto liberal, no obstante, la dificultad de conservarlo muestra lo que le espera a una sociedad cuando la libertad deja de tener valor, anteponiendo seguridad, uniformidad o calma. 

Orwell no fue un teórico del liberalismo, pero entendió la esencia del problema: el poder absoluto siempre se disfraza de bien común. Él mismo lo observóen los totalitarismos de su tiempo, pero también en las democracias que empezaban a tolerar la censura moral o política. En sus ensayos hablaba de la “decencia común”, una idea simple que vale más que cualquier teoría política. Para él, la libertad no dependía de grandes conceptos, sino de gestos humanos: poder decir lo que uno piensa, escribir sin miedo, criticar al gobierno sin ser etiquetado como enemigo.

La literatura de Orwell no pertenece a una ideología, su valor está en la defensa de la verdad. En un mundo donde la mentira se institucionaliza, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario, por ejemplo, en su obra “Rebelión en la granja” lo mostró con claridad: los cerdos comienzan proclamando igualdad y terminan reproduciendo el mismo sistema que odiaban, en consecuencia, engañándose a sí mismos. Es la historia eterna del poder que se justifica en nombre del pueblo. Orwell entendió que, cuando una causa política deja de admitir la crítica en pos de prevalecer la mentira, se convierte en dogma, y el dogma es la muerte del pensamiento libre.

El liberalismo cultural aparece justo en este contexto: en la conciencia de que el individuo debe conservar su capacidad de disentir. La cultura liberal no debe entenderse como  un catálogo de autores, sino como una actitud. En ese sentido, Orwell mantenía ese tipo de actitud, aunque sin pretenderlo; su desconfianza hacia los gobiernos, los partidos, las masas y las verdades únicas encarnan ese espíritu. En su época, tanto la derecha como la izquierda intentaron apropiarse de su figura y lo que representaba, pero ninguno pudo hacerlo, por tanto, esa independencia lograda fue su mayor gesto liberal.

Leer 1984 hoy, no es mirar el pasado, es mirarnos. Vivimos rodeados de pantallas que saben lo que hacemos, lo que compramos y lo que sentimos, el control ya no necesita

fuerza, solo datos. Orwell imaginó un ministerio de la verdad que reescribía la historia, pero en la actualidad la historia se reescribe cada día en redes y medios. La manipulación se hace desde la saturación, no desde la censura directa. La libertad se diluye entre millones de mensajes, es por ello que lacultura liberal vuelve a ser necesaria, no necesariamente como teoría económica, sino como defensa de la mente crítica.

«Orwell defendía la libertad de decir lo que uno no quiere oír; esa frase lo resume todo»

La cultura liberal necesita ese valor: soportar la incomodidad de la diferencia. La democracia no puede sobrevivir si la opinión distinta se trata como amenaza. Orwell lo sabía bien, porque vio cómo precisamente los regímenes totalitarios nacían de esa lógica. El lenguaje se deformaba, las palabras perdían su sentido y con ellas desaparecía la posibilidad de pensar libremente. En su ensayo “Politics and the English Language” advirtió del peligro de las palabras vacías, de los eufemismos políticos, de los discursos que esconden la realidad tras frases abstractas. Cuando el lenguaje se contamina, la libertad se marchita, en cambio, la cultura liberal busca claridad; decir las cosas como son.

El mérito de Orwell fue haber hecho de la literatura un espejo moral. No predica, muestra. No impone, alerta. Su estilo es limpio, directo, sin adornos. Ese es un buen estilo que considero apropiado para quien crea en la verdad. Cada frase suya es una invitación a pensar por cuenta propia. De hecho, en eso consiste la cultura liberal: en no delegar la conciencia, en no aceptar la comodidad de que otros piensen por nosotros, en desconfiar del poder, incluso, del que promete protegernos. Orwell murió joven, pero su obra sigue creciendo porque cada generación vuelve a encontrar en ella su propio miedo. A veces el miedo al control digital, a veces al fanatismo, a

veces al silencio social que castiga al disidente. Sin embargo, la reflexión importante no cambia: el individuo frente al poder. Por eso su literatura, en realidad,pertenece al ámbito de la cultura liberal —aunque no use ese nombre—, ya que enseña que la libertad es frágil y que la verdad no se negocia.

Hoy, cuando el discurso público parece más emocional que racional, releer a Orwell sirve para recuperar esa serenidad del pensamiento libre. No hay que ser militante para defender la libertad, basta con decir la verdad aunque moleste. Eso hizo él; es la lección que deja su obra, que la honestidad intelectual es el último refugio del individuo.

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