Pocos conceptos han sido tan rentables para justificar la expansión del aparato estatal como el de “fallo de mercado”. Una expresión elegante, académica y, a la vez, profundamente ambigua. ¿Qué significa realmente que el mercado “falla”?¿Que no produce el resultado que algunos desean? ¿Que no maximiza una variable medida desde un despacho público? ¿O que, sencillamente, no se comporta como el modelo ideal que aparece en los manuales?
Este artículo se centra en uno de esos supuestos fallos: la información asimétrica. Un concepto sugerente que, como tantas veces, sirve más como crítica al mundo real que como diagnóstico útil. Y es que, como bien apunta el profesor Bastos, el mercado no falla; simplemente, no hace lo que los planificadores quisieran que hiciera. Partiendo de esta premisa, analizaremos en qué consiste la información asimétrica, por qué se la considera un “fallo” y lo más importante cómo el mercado, a través de instituciones espontáneas como la reputación, la señalización o los contratos adaptativos, responde a esta imperfección sin necesidad de ser rescatado por burócratas iluminados.
Eso no implica negar que existan problemas en los intercambios. Existen, y son importantes. Pero su existencia no prueba en absoluto la necesidad de intervención estatal. Más bien, demuestra la complejidad del orden espontáneo y los incentivos que guían las soluciones privadas. A lo largo del artículo se abordarán ejemplos concretos, como el mercado de coches usados o el sector de los seguros, y se evaluarán las tentativas públicas de corregirlos, casi siempre tan bien intencionadas como torpemente ejecutadas.
El objetivo, por tanto, no es reclamar más Estado, sino poner en cuestión la narrativa que asume su necesidad sin exigirle resultados. Ya que el verdadero fallo no está en el mercado, sino en quienes lo interpretan mal, si se entiende ese concepto entonces este trabajo habrá cumplido su función.
1. Fundamentos teóricos de la información asimétrica
La idea de que el mercado puede fallar por “falta de información” parte de una presuposición curiosa que, en condiciones ideales, los agentes deberían tener conocimiento perfecto, simétrico e instantáneo. Una suerte de economía omnisciente que no se ha visto jamás en la realidad, pero que parece indispensable para que el modelo general de equilibrio funcione. Lo que lleva por lógica a la conclusión lógica que el fallo no está en el mercado, sino del modelo.
La información asimétrica describe situaciones en las que una de las partes en una transacción dispone de mejor información que la otra, generando , según esta teoría, decisiones “ineficientes”. ¿La solución? Según la corriente dominante, más regulación, más intervención, más vigilancia. Como si la “ignorancia” solo se pudiera resolver desde el control estatal.
Pero antes de llegar ahí, vale la pena distinguir los dos casos clásicos:
1.1 Caso: Selección adversa
Se produce antes de la transacción. El ejemplo habitual es el del mercado de coches usados, los famosos “limones” llamado así por Akerlof. El comprador no puede distinguir entre coches buenos y malos, así que ajusta su interés a pagar al promedio. Lo que tiene como resultado que los vendedores de coches buenos se retiren del mercado, y lo que queda es un mercado lleno de chatarras. Es un argumento que parece razonable… si uno olvida que es una generalización y asume que todos los compradores no saben mirar debajo del capó, que no existe Internet, ni reputación, ni talleres, ni señales de calidad. En otras palabras, si uno ignora por completo cómo funcionan los mercados reales.
1.2 Caso: Riesgo moral
Se produce después de la transacción. El clásico es el del seguro, el asegurado, sabiendo que está cubierto, relaja sus precauciones. El resultado, supuestamente, es un aumento del riesgo y un encarecimiento general de las primas. Aquí también el diagnóstico parece lógico, pero omite que las aseguradoras, empresas privadas llevan décadas afinando contratos, franquicias, bonificaciones y sistemas de reputación para contrarrestar este comportamiento y seguir teniendo beneficio en el proceso. Es decir, que el mercado ya ha hecho los deberes y ha sabido adaptarse.
1.3 De la teoría a la realidad
La teoría de la información asimétrica nos dice que cuando los agentes no saben lo mismo, los resultados pueden no ser los óptimos. Lo que prefiere omitir es que, precisamente por eso, los mercados generan mecanismos espontáneos de señalización, reputación, garantías y contratos inteligentes para resolver el problema sin necesidad de una mano paternal, llamada estado.
2. Comunidad y Sociedad: La Transición de lo Orgánico a lo Contractual
Tras haber revisado los fundamentos teóricos de la información asimétrica y los argumentos que la señalan como un supuesto fallo de mercado, continuemos con los dos ejemplos ya introducidos, los coches usados y los seguros médicos, para observar cómo los mercados enfrentan este tipo de situaciones de manera creativa, espontánea y, lo que es más incómodo para algunos, extremadamente eficaz.
Porque una cosa es el modelo, con sus supuestos simétricos y agentes omniscientes, y otra muy distinta es el mundo donde los intercambios reales se producen entre personas imperfectas, que aprenden, innovan y ajustan su comportamiento sin necesidad de un político regulador que les indique cómo hacerlo.
Como veremos en los dos casos, lo que emerge no es el fallo del mercado, sino su capacidad para resolver problemas de coordinación e información sin necesidad de tener un diseño centralizado. La información asimétrica no bloquea los intercambios, sino que activa la creatividad institucional de los agentes económicos.
Y eso, por supuesto, descoloca e incomoda a quienes viven de señalar problemas que el mercado ya resolvió antes de que ellos llegaran con su solución reglamentada.
2.1 El mercado de coches usados: los “limones” no están solos
Akerlof plantea que los compradores, al no poder diferenciar entre coches buenos y malos, reducen el precio que están dispuestos a pagar, expulsando a los vendedores honestos del mercado. De ahí la conclusión, es una selección adversa y eso nos lleva por lo tanto a un “fallo de mercado”.
Sin embargo, si uno se aleja de la teoría y examina cómo funciona realmente el sector, lo que se encuentra es una amplia gama de soluciones y contratos generados por el propio mercado. Que incluye: garantías comerciales por parte de concesionarios, servicios de inspección mecánica previa, sistemas online de tasación y valoración, sistemas de reputación de vendedores, políticas de devolución, etc.
Estas soluciones, no han salido del estado, son soluciones creadas por el mercado, que han surgido como siempre de forma espontánea en el propio mercado. Lo que demuestra es que lo que algunas interpretan como un fallo de mercado no es más que una transición natural hacia soluciones eficientes basadas en contratos.
2.2 El mercado de seguros: riesgo moral con incentivos privados
El segundo ejemplo clásico es el riesgo moral en seguros, al estar cubierto, el asegurado se cuida menos (parece que todos tendemos a ser masocas aunque no lo sepamos). La conclusión teórica, nuevamente, es que el mercado necesita regulación para evitar abusos, subida de primas y eventual colapso del sistema.
Pero, de nuevo, la práctica, muestra otra cosa las aseguradoras no solo conocen este riesgo, sino que llevan décadas con soluciones efectivas contra este riesgo: establecen franquicias que obligan al asegurado a asumir parte del coste, se aplican copagos, bonificaciones de no uso, sistemas de segmentación, captación de información, etc. Estas estrategias contractuales permiten al mercado internalizar el riesgo moral sin necesidad de que papá Estado vigile con lupa cada cláusula.
3. La intervención del Estado: el “bombero pirómano” de la información
Tras haber observado cómo el mercado responde, con una agilidad que jamás podrá alcanzar ningún regulador, a los problemas derivados de la información asimétrica, cabe preguntarse qué ocurre cuando el Estado decide tomar cartas en el asunto. Es decir, cuando decide “corregir” aquello que no entiende, usando herramientas ineficientes diseñadas en otro siglo, y con incentivos que rara vez alinean conocimiento, responsabilidad y consecuencias.
Desde la teoría estándar, se justifica la intervención pública bajo el argumento de que el mercado, sin ella, genera resultados “ineficientes” o “injustos”. Lo que esta justificación ignora es que el Estado tampoco posee información perfecta, ni enfrenta sanciones por equivocarse, ni suele aprender de sus errores. Más bien al contrario tiende a institucionalizar el error y blindarlo presupuestariamente.
3.1. ¿Qué hace el Estado cuando interviene?
En contextos de información asimétrica, el Estado suele optar por:
• Establecer regulaciones obligatorias de divulgación de información, a menudo rígidas, que no reflejan la diversidad real del mercado
• Imponer licencias o certificaciones, que muchas veces funcionan más como barreras de entrada que como garantías reales de calidad.
• Crear sistemas públicos de seguros o garantías, con déficits estructurales y sin capacidad de discriminar riesgos.
• Prohibir algunos contratos voluntarios entre partes, bajo la premisa de “proteger al débil”, aunque el resultado sea eliminar opciones y elevar precios.
3.2. ¿Y cuáles son los problemas?
El mercado, con toda su “imperfección”, tiene incentivos para aprender y mejorar constantemente. El Estado, con todo su poder, no paga las consecuencias del error. Como mucho, pide un presupuesto mayor para el año siguiente. Y eso lleva a generar problemas como estos:
• Desincentiva soluciones privadas, cuando el Estado impone una solución “gratuita”, los participantes del mercado dejan de invertir en sistemas de señalización o reputación.
• Crea riesgo moral estatal al socializar los costes, genera comportamientos aún menos responsables que los que pretendía corregir.
• Genera costes de cumplimiento innecesarios, especialmente para los pequeños actores, que ven ahogada su capacidad de competir.
• Politiza la información, convirtiendo criterios técnicos en disputas ideológicas o burocráticas.
Conclusiones
Después de todo lo expuesto, queda claro que el tan repetido “fallo del mercado” por información asimétrica no es más que una forma sofisticada de decir que la vida es compleja y que no todos saben lo mismo al mismo tiempo. Sorprendente, ¿verdad? A partir de ahí, la teoría salta rápidamente al diagnóstico (bueno más bien sirve de excusa): intervención estatal, regulación, tutela. Como si el mercado fuera un niño torpe al que hay que corregir desde arriba. Pero la realidad, como suele pasar, no se ajusta al modelo, quizá en algún momento llegarán a la conclusión de que tomar una foto estática de unas condiciones supuestamente perfectas no es la mejor manera de intentar pretender que el mercado actúe así.
Lo que muestran los ejemplos analizados es que el mercado no necesita que lo rescaten, sino que lo dejen hacer en paz. Las supuestas ineficiencias por asimetrías de información han sido respondidas desde hace décadas y, para sorpresa de nadie, sin ayuda pública, por mecanismos de reputación, señales, garantías, contratos y todo tipo de instituciones surgidas de la interacción voluntaria entre agentes. No por bondad, sino por incentivos. No por diseño, sino por evolución. Justo lo que tantos siguen sin entender.
La intervención estatal, por su parte, aparece como ese actor que entra en escena con autoridad, pero sin tener ni idea de nada de lo que hace pero esforzándose en mantener su control. Regula lo que ya funciona, impone soluciones uniformes a problemas diversos y, cuando sus medidas fracasan, como sucede siempre, culpa al mercado y pide más recursos para volver a fallar “con éxito”. Es el único agente que puede equivocarse sin perder dinero, poder ni prestigio. Y ese, más que un fallo, es un privilegio peligroso, que nos obliga a alimentar el ego del que demuestra una y otra vez su incapacidad.
¿Es la información asimétrica un problema? No. ¿Es un fallo de mercado? Solo si uno cree que el mercado está para cumplir fantasías académicas de equilibrio perfecto, en ese caso la naturaleza también falla porque no hay unicornios pese a ser un animal del colectivo fantástico que también está descrito en libros. En el mundo real, los intercambios son imperfectos, pero los incentivos funcionan. Y el mercado, con todas sus limitaciones, tiene algo que sus críticos jamás podrán ofrecer, capacidad de aprender, adaptarse y corregirse a sí mismo sin necesidad de permisos ni subvenciones.
Si este trabajo sirve para algo, que sea para recordar que el problema no es que el mercado falle. Es que hay demasiada gente empeñada en corregir lo que no entiende, o al menos justificar su puesto de trabajo.
Bibliografía
Akerlof, G. A. (1970). The market for “lemons”: Quality uncertainty and the market mechanism (PDF). Retrieved from https://www.sfu.ca/~wainwrig/Econ400/akerlof.pdf
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