La libertad como batalla

Eduardo Fernández Luiña — Profesor en .h

Sandor Márai es uno de esos escritores centroeuropeos genuinos, vivenciales, de esos que vale la pena leer. Fallecido en febrero de 1989, vivió entre dos mundos, siendo víctima al mismo tiempo de los totalitarismos nazi y soviético. Su obra es ingente y muy variada, sin embargo, destaca -y me apasiona- su trilogía autobiográfica. Hablo de Confesiones de un burgués, Lo que no quise decir y ¡Tierra, tierra! Son muchas las cosas que se pueden aprender resultado de la experiencia atemporal que el literato húngaro emite a lo largo de su trabajo. A pesar de la aventura que todo escritor dibuja durante su vida, destaca una cicatriz que no desaparece en las miles de páginas que componen su vivencia: la pérdida de la libertad individual y del mundo erigido por la burguesía durante los siglos XIX y XX. 

El ambiente social que le tocó vivir a Márai se distinguió por la ausencia de libertad; también, por la represión de carácter ideológico y por el sometimiento de millones de personas a deseos oligárquicos a un lado y otro del espectro político. No se puede decir otra cosa del periodo de entreguerras y de lo que vino después con la división de Europa y del mundo en dos grandes bloques. 

¿Qué nos puede enseñar esa atmósfera de intolerancia, radicalismo y odio al diferente? Algo sencillo, pero profundo y trascendente en nuestro tiempo, caracterizado por la relevancia que los socialistas de todos los partidos ganan día a día: La libertad no se otorga, se conquista. Y esto, que no es nuevo, pues está presente en los clásicos de ayer y hoy desde Aristóteles o Cicerón hasta Isaiah Berlin o Hannah Arendt, depende de un débil equilibrio y del compromiso férreo de un gran número de personas anónimas que valoran su identidad personal, su libertad de expresión, asociación, movimiento, conciencia, etc., por encima de todas las cosas. Personas que sacralizan la propiedad y entienden que la misma es liberadora y civilizadora. Individuos que no están dispuestos a tolerar que un burócrata o un político intervengan coactivamente en su modo de vida siempre que el mismo resulte de acuerdos libres y voluntarios. 

Pero para que todo lo anterior adquiera sentido, se necesitan intelectuales capaces de generar ideas que orienten a los individuos comprometidos con las mismas y los dispongan a pelear de forma pacífica en distintas arenas. También, divulgadores que contribuyan a la difusión de estas generando un movimiento de mayorías, sin duda la mejor defensa contra la pulsión autocrática que nos toca vivir en la actualidad. 

Las ideas tienen consecuencias, y las buenas ideas, esas que se han enjaranado con la defensa de la libertad a lo largo de la historia, han facilitado el desarrollo de sociedades más abiertas, plurales y prósperas. Lo anterior es de gran relevancia, pero son pocas las personas que entienden que los pueblos son libres en cuanto que desconfían del poder. Venga este de donde venga. 

Es cierto, la libertad se conquista. Para ello, debemos investigar, informar y educar en libertad y sobre el valor de la libertad. En la actualidad, esto es más necesario que nunca. Sin querer o queriendo, el siglo XXI está marcado por el conflicto, por el miedo, por la restricción y por el progresivo ascenso de un autoritarismo de nuevo cuño que lo invade todo. 

La educación en libertad y para la libertad debe configurarse como uno de los grandes objetivos sociales en los años venideros. Y para conseguir el mismo, debemos predicar con el ejemplo. Apostar por la innovación, contrastar y experimentar nuevas metodologías y reconocer el valor de la tradición. Pero no solo eso. Una sociedad pluralista, abierta y libre reconoce al diferente, considera que el mismo agrega valor y discute sin complejos ideas difíciles de discutir. Las sociedades cerradas perciben el disenso como una amenaza. Por eso lo persiguen, lo castigan, lo intentan anular. Solo en libertad y a través del diálogo abierto podemos robar el corazón de los futuros ciudadanos y garantizar la existencia del pluralismo, de la discusión civilizada y sin barreras, y de la libertad. Los jóvenes deben convertirse en los garantes de la sociedad abierta venidera. 

La libertad es una batalla que merece la pena. Son muchos los logros de aquellos que se han dejado la vida por ella. Pocas veces los recordamos. La abolición de la esclavitud, el imperio de la Ley, la defensa de la división de poderes o la democracia liberal adquieren sentido gracias a la libertad. 

Friedrich von Hayek señalaba que “si no ganamos las ideas, perderemos la política”. Isaiah Berlin afirmó que la libertad depende de un débil equilibrio, pues son muchas las fuerzas liberticidas que con base en la seguridad y el control, lucharán en favor de un mundo menos libre. Es muy probable que Edmund Burke no dijese la famosa frase de “el mal triunfa cuando los hombres buenos no hacen nada”. Sin embargo, en 1795, el famoso intelectual conservador irlandés dijo “When bad men combine, the good must associate; else they will fall, one by one, an unpitied sacrifice in a contemptible struggle”. Conciencia, reconocimiento de lo conseguido hasta el momento y cooperación con ánimo de conquistar nuevamente la libertad. 

Los hombres y mujeres de bien debemos unir fuerzas, aprender unos de otros y defender con firmeza aquello que nos ha hecho ser lo que somos. En este propósito, la educación se erige como pilar fundamental, porque solo comprendiendo que la libertad se conquista podremos alcanzarla, y solo reconociendo su valor sabremos que siempre merece la pena su defensa.