La llamada de la tribu y la defensa de la sociedad abierta en Vargas Llosa

Rafael Fernando Vargas Salinas

En La llamada de la tribu, Mario Vargas Llosa ofrece algo más que un autorretrato intelectual, en el libro formula una defensa apasionada del liberalismo como la única tradición capaz de contener la tentación siempre presente del colectivismo. El libro se presenta explícitamente como una biografía intelectual y, al mismo tiempo, como un gran ensayo sobre las ideas liberales que ayudaron al autor a reconstruir su visión del mundo tras su ruptura con el marxismo y la Revolución Cubana.

La perspectiva liberal que recorre la obra se articula a través de siete pensadores: Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-François Revel. No son simples reseñas; son, más bien, los eslabones de una tradición intelectual que privilegia al individuo frente a la tribu, la nación, la clase, o el partido; y que defiende la libertad de expresión como condición fundamental de la democracia. Vargas Llosa asume que el liberalismo contemporáneo se define tanto por su rechazo al comunismo como al fascismo, es decir, a toda forma de ingeniería social que subordine a la persona a una causa histórica supuestamente superior.

Lo interesante es que el escritor peruano no presenta el liberalismo como un dogma cerrado, sino como una constelación de autores llenos de matices y contradicciones. Admira a Hayek por su defensa de la economía de mercado y el Estado de Derecho, pero no le perdona sus coqueteos con la dictadura de Pinochet; reconoce en Popper al gran teórico de la sociedad abierta, aunque le critica su desinterés por el estilo y el lenguaje; celebra a Smith como fundador de una economía moral del intercambio, y al mismo tiempo subraya sus límites en un mundo globalizado y desigual. Este liberalismo, entonces, no es una devoción ciega, sino una elección crítica.

El punto de partida del libro es confesional; Mario Vargas Llosa recuerda su propio camino de Damasco, desde el entusiasmo juvenil por la Revolución Cubana y la influencia de Sartre hasta el desencanto producido por el caso Padilla y la deriva autoritaria del castrismo. Lo que está en juego no es solo un cambio de etiqueta ideológica, sino la constatación de que las utopías igualitaristas, cuando desprecian la libertad, terminan justificando la censura, la persecución y el culto al líder. La llamada de la tribu es precisamente esa voz que incita a diluirse en el colectivo, a renunciar al juicio propio en nombre de la patria, la revolución o la identidad.

Desde una perspectiva liberal, el libro defiende una tesis incómoda para buena parte de la tradición latinoamericana; ya que señala que, los males de la región no se explican únicamente por la dependencia externa o el imperialismo, sino por la desconfianza histórica hacia el individuo, el mercado y las instituciones de la democracia liberal. En esto, la lectura que hace Vargas Llosa se entronca con otros críticos del anti-liberalismo latinoamericano, desde Carlos Rangel hasta Jean-François Revel, quienes denunciaron los mitos que convierten al pueblo en coartada para líderes autoritarios de izquierda y derecha.

El análisis permite ver que La llamada de la tribu intenta normalizar el liberalismo en un contexto donde la palabra se ha usado casi como insulto. El propio Vargas Llosa ha insistido en que ser liberal no equivale a ser de derecha en el sentido tradicional, sino a aceptar un conjunto de principios; tales como, la separación de poderes, la tolerancia, la economía de mercado con reglas claras, la protección de las minorías, y el rechazo a cualquier forma de dictadura. El libro busca desmontar la caricatura del liberal como apóstol del egoísmo y mostrarlo, más bien, como defensor de un marco institucional que permite la diversidad de proyectos de vida.

Sin embargo, la obra también deja flancos abiertos. Al privilegiar la tradición liberal europea, sea británica, francesa o alemana, corre el riesgo de parecer poco sensible a las desigualdades estructurales y a los legados coloniales que atraviesan América Latina. Vargas Llosa confía en que el crecimiento económico, la apertura comercial y el Estado de Derecho bastan para que la libertad se vuelva efectiva, pero dedica menos espacio a discutir cómo se distribuyen las oportunidades en sociedades marcadas por el racismo y la informalidad. Es la crítica clásica al liberalismo; es decir, su tendencia a suponer individuos libres e iguales allí donde las condiciones de partida son radicalmente desiguales.

Aun así, el mérito del libro reside en su apuesta por el debate racional frente a la polarización. Vargas Llosa no es ingenuo respecto de las sombras del liberalismo vinculado con los excesos mercantilistas, su desatención al comunitarismo, su flanco frente al populismo, pero sostiene que sólo dentro de la sociedad abierta se pueden corregir esos problemas. El liberalismo que defiende no promete el paraíso, sino un marco de convivencia donde ninguna tribu pueda imponer su verdad absoluta. Es una propuesta modesta en tiempos de grandes promesas y grandes frustraciones, y quizá por eso resulte tan a contracorriente.

En definitiva, La llamada de la tribu es un libro polémico y necesario. Polémico, porque desafía el imaginario dominante en buena parte de la izquierda latinoamericana; necesario, porque obliga a tomarse en serio una tradición de pensamiento que suele reducirse a eslogan. Se puede discrepar y, hay sobrados motivos para hacerlo, de las simpatías políticas de Vargas Llosa, de su optimismo hacia ciertas élites o de su lectura del mercado. Pero es difícil negar que, en estas páginas, el autor pone en juego algo más que una moda ideológica, pone sobre la mesa una defensa coherente, de la libertad individual contra la fascinación por las tribus que nos prometen igualdad a cambio de obediencia.

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