“¿Por qué nos odian tanto? ¿Qué hemos hecho?” Esta frase a alguno le sonará ya que la pronunció Patxi López, miembro del gobierno de España. El ministro se preguntaba por qué afloraban los sentimientos del odio hacia su gobierno y cómo es posible que un cántico que expresa un descontento hacia Pedro Sánchez se haya convertido en el hit del verano cada vez que mencionaban a su jefe o quieren levantar el ánimo en un concierto. Motivos sobran, pero el resumen sería una falta de honestidad y un empobrecimiento general de la sociedad, entre otras lindezas.
Entonces vemos que el motivo de desprecio es evidente, aunque surge otra pregunta, ¿por qué los valores liberales despiertan un desprecio similar? Para empezar hay que ofrecer una definición de andar por casa del liberalismo y del capitalismo porque a veces se confunden. A parte de la confusión, el populacho utiliza el término neoliberalismo, un concepto que sirve como cajón desastre, para señalar a todo aquel que quiera bajar un 1% el IRPF. Parece parodia pero no lo es. Dicho esto: El liberalismo es una filosofía política, social y económica en la que el centro focal de su filosofía es el individuo. Bajo el paraguas del liberalismo el individuo es sagrado, por lo que no se le puede imponer un estilo de vida, aunque sean todos contra uno.
El capitalismo, por otro lado, es el sistema económico del liberalismo. Es la filosofía liberal puesta en práctica en la esfera económica. ¿Significa que cualquier estilo de vida es válido?¿Puedo comerciar con cualquier cosa? NO. Para pasar el test del liberalismo, es necesario que se respete la propiedad privada propia y la ajena. Si se transgreden no es aceptable. Esto es condición necesaria, pero no suficiente. También es primordia que sea un adulto, que sea consciente, en definitiva, las condiciones necesarias para que un contrato sea considerado como válido.
El empobrecimiento no es la explicación ya que el aumento de la calidad de vida allí donde se ha practicado es incontestable (por lo menos sus medidas económicas) como es el caso de Taiwán, Estonia, Irlanda, Suiza, Nueva Zelanda, Singapur, Hong Kong o Corea del Sur.
Vale, vemos que por empeorar las condiciones de vida no es, por lo que, ¿puede ser por la falta de honestidad? Al contrario, ya que el capitalismo liberal te obliga a servir a losdemás con un bien y/o servicio que el resto desean a un mejor precio. A pesar de la imagen fraudulenta y de pillería que le achacan al capitalismo, la imagen a gran escala es que las personas producen lo que otras personas quieren. Otro tema es qué se demanda por parte
de la sociedad, ya que esa producción nos puede dar una pista de cómo está la moral de la sociedad en ese momento, es decir, el capitalismo es solo un mecanismo que permite una coordinación entre los individuos para producir algo que ambas partes desean y el intercambio hacen que se vean mutuamente beneficiadas, pero al margen de esa cuestión, el capitalismo es un sistema que a largo plazo funciona gracias a la honestidad, puedes a
corto plazo pegar el pelotazo y salirte con la tuya, pero ¿quién querrá hacer negocios contigo si no eres confiable?
Así que lo que se observa es que una forma de ver la vida, unos valores que son positivos no solo para el individuo sino para la comunidad, acaban siendo denostados por un gran porcentaje de la sociedad y de occidente “¿Por qué nos odian tanto? ¿Qué hemos hecho?”
¿Qué razones pueden explicar este desamor? No es objetivo de este texto encontrar todas esas razones, pero por mencionar algunas: Una es esa, que es precisamente por su honestidad que es mal visto. Te dice si vales o no
y no todo el mundo lleva bien un rechazo, los hay que les deja marcado de por vida. Esto parece algo anecdótico, pero todos hemos conocido a personas que, ante un rechazo a la hora de ligar de fiesta, le deja cabizbajo y malhumorado, ve que los demás se ríen de él por darle calabazas, y se queda con la idea de para qué intentarlo la próxima vez. No todos toleran bien el riesgo, el fracaso, pero el capitalismo va más allá, te dice que no te desea, por lo que un “fracaso” es en realidad un rechazo que te dice “contigo no”.
Un caso es la Universidad de las Hespérides. Esta ofrece un producto que los demás quieren y por ende, gana dinero. En contraposición, vemos que el gobierno arremete contra las universidades privadas por ofrecer un mejor servicio que las públicas, más que nada porque si fuera al revés, los alumnos se irían a la pública, pero las aulas de las públicas se están quedando cada vez más vacías. Síntoma del clarísimo rechazo del alumnado.
Otro tema relacionado con este es la educación, y es que la ley educativa la configuran los políticos, por lo que tiene lógica que se adoctrine en la adoración del gobierno de turno y más importante, del Estado. Eso, unido a la falta de educación económica, financiera, filosófica e histórica, crea el cóctel idóneo para que el hombre que emerja, fruto de esa educación, crezca con unos valores antiliberales, genere una producción intelectual y cultural antiliberal y consuma una cultura antiliberal. Esto me lleva al siguiente argumento.
“To big to fail” demasiado grande para caer. Se tiene la concepción de que lo más importante lo tiene que gestionar el Estado porque en caso contrario sería un caos y Mad Max. Es curioso que esto se extienda hasta el punto de que personajes del mundo de la cultura como Eduardo Casanova (que a pesar de no conocerlo me cae bien, todo hay que decir) tenga los mismos clientes que lectores tiene este artículo, pero por alguna razón yo no soy lo suficientemente importante como para protegerme en caso de que caiga a costa del dinero del contribuyente. Evidentemente no es lo mismo subvencionar ciertos procesos que son susceptibles de crear ciclos virtuosos, como puede ser la subvención a las vacunas, a dar dinero al cine o al mundo de la “cultura”. Lo pongo entre comillas porque hasta qué punto se considera cultura la que dicte el gobierno a través del dinero público. No es que el dinero público venga con un manual de instrucciones, pero cuando el Estado es el cliente principal, se incentiva la dependencia y se reduce la disciplina del mercado.
En la práctica, cuando tú cliente es el gobierno, cuando te paga el gobierno, te has convertido en un funcionario que actúa como correa de transmisión de una industria -como lo es el cine español- que es demasiado grande para caer. Por lo que ya lo sabéis, sanidad, educación y vampiros homosexuales con sida en la gran pantalla.
En el caso de España, hay que resaltar el pasado cultural cristiano. Este pasado ha traído muchos avances, pero no es oro todo lo que reluce y es que los votantes de izquierdas de la actualidad (al igual que los de derechas) aunque la clasificación es simplista, se orientan en parte por esos valores porque somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos.
Seguro que a la gente le suenan pensamientos como: “no necesitas tanto para vivir”; o “por qué quieres amasar tanto”. “Piensa en el desfavorecido: el pobre es más digno que el rico”. “Algún día alguien traerá el cambio”. A pesar de que las últimas décadas el cristianismo ha sufrido una crítica feroz por parte del mundo de la cultura española, es ese mundo de la cultura que reivindica esos mismos valores, por lo que la consecuencia es una especie de cristianismo cultural desprovisto de su religiosidad.
Estos son solo algunos de los posibles motivos que ayudan a entender el por qué del rechazo al liberalismo. Evidentemente hay un punto de control y manipulación por parte del Estado, pero hay que recordar que en ausencia de Estado el liberalismo seguiría siendo mal visto, pero desde otros prismas más personales porque al final, el problema no es liberalismo, ni el capitalismo ni el mercado.
El liberalismo no promete consuelo; promete autonomía.
No ofrece excusas; ofrece oportunidades.
No regala dignidad; te exige construirla.
Tal vez por eso lo odian: porque no se les puede engañar.
Porque no les habla de salvadores, sino de adultos.
Porque no les dice “yo te cuido”, sino “yo no te molesto”.
Es más fácil odiar al mensajero que aceptar el mensaje. Así que respondiendo a la pregunta “¿por qué nos odian tanto?”, quizá la respuesta honesta sea la incómoda: porque la libertad —la que te exige, la que te responsabiliza de tus acciones— les recuerda todo aquello de lo que preferirían no hacerse cargo.
Pero no se engañen: el odio no frena a las ideas correctas. Solo retrata a quienes lo sienten.
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